La Bolsa y la IA: del entusiasmo incondicional a los interrogantes existenciales

Publicado
27 de marzo de 2026
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En noviembre de 2022 se presentó la primera versión de ChatGPT y el entusiasmo bursátil por el tema de la inteligencia artificial (IA) cobró gran impulso. Los inversores se lanzaron a invertir en los proveedores de equipos (fabricantes de hardware) de centros de datos y en quienes encargaban su construcción: los hiperescaladores1. Fue un auténtico espectáculo bursátil para la IA mundial… hasta octubre de 2025, cuando aparecieron las primeras divergencias.

Aunque el sector del hardware (almacenamiento de datos, microprocesadores...) continuó su ascenso, los diseñadores de software y los hiperescaladores empezaron a quedarse sin aliento. El sector del software se enfrentaba al temor de una competencia directa y feroz por parte de la IA, y los mercados se preguntaban sobre la capacidad de los hiperescaladores para rentabilizar su inversión en centros de datos; billones de dólares que enriquecían, en primer lugar, a los fabricantes de hardware.

A principios de febrero de 2026 llegó el momento de «Anthropic». El competidor de OpenAI y su ChatGPT presentó su agente de IA para el sector jurídico, al que siguieron rápidamente otros agentes. Desconcertados por su eficacia, los inversores intuyeron entonces la posibilidad de destrucción masiva de puestos de trabajo de oficina por parte de la IA y redujeron drásticamente su exposición a las empresas de servicios basados en el conocimiento, que se considera que tienen mayor riesgo en un mundo dominado por la IA.

Ese mes, el índice coreano Kospi, repleto de empresas de hardware, superó en más de un 20% al índice estadounidense Standard & Poor’s, víctima de la devaluación de sus empresas de servicios, impulsadas hasta entonces por «activos intangibles» inflados artificialmente. El temor a una burbuja de la IA se materializó finalmente en una simple pero violenta rotación entre sus subtemas, lo que pospuso el momento culminante de la IA bursátil mundial.

La angustia por la burbuja bursátil dio paso entonces al miedo macroeconómico. Artículos muy convincentes sobre la futura destrucción de empleo sacudieron el mercado. Al difundir un sombrío escenario futurista sobre el estado del mundo en 2028, devastado por una IA demasiado eficaz, Citrini Research2 pasó de la sombra a la luz. «Las empresas más amenazadas por la IA se convirtieron en sus usuarias más ávidas. El resultado colectivo fue catastrófico: cada dólar ahorrado en salarios se destinaba a la inversión en IA, lo que hacía posible la siguiente ola de despidos». Un economista elogiado por su visión y su independencia3 publicó al mismo tiempo un pequeño ensayo notable. En él planteaba la cuestión del fin del capitalismo en un mundo en el que la oferta de trabajo se volvería infinita gracias al capital: «el capital se convierte en trabajo». Si la IA aumentase las capacidades humanas, escribía, incrementaría el valor del trabajo y, por tanto, impulsaría al alza los salarios. Pero si la IA sustituyera hoy al cerebro y mañana a las manos del hombre, resolvería la cuestión de la escasez de trabajo al reducir su valor a cero. Por tanto, convenía reflexionar sobre una nueva organización social en la que los robots pagaran los impuestos que subvencionaran la inactividad humana.

Marx, en Fragmento sobre las máquinas, pareció prever este momento. Casi dos siglos después, en Davos, Elon Musk afirmaba: «No puede darse una situación en la que el trabajo realizado por unos pocos conduzca a la abundancia para todos». Había empezado el debate entre la inteligencia aumentada (la que se desea) y la inteligencia sustituida, al estilo de Jack Dorsey4, quien el 27 de febrero despidió al 40% de sus empleados. Quizás nunca antes la responsabilidad de los accionistas y responsables de tomar decisiones había parecido tan importante en lo que respecta al empleo. Nunca antes la necesidad de una visión y una voluntad políticas claras y firmes había parecido tan acuciante. Organizar un nuevo sistema de distribución para una nueva organización de la vida de las personas no era cosa menor. Estábamos de cuerpo y alma inmersos en el mundo de la IA que nuestra imaginación poblaba por doquier de robots humanoides, a nuestra merced o al servicio del Gran Hermano, según el caso.

El 28 de febrero, Israel y Estados Unidos atacaron Irán. El nuevo mundo huele a pólvora y a petróleo. El vínculo entre las energías fósiles y la IA, que consume enormes cantidades de energía, es un puente entre el mundo antiguo y el nuevo; las fuerzas deflacionistas que la IA parece destinada a desatar tienen también sus contrapartidas inflacionistas. El conflicto en Oriente Medio nos invita a levantar la vista del volante de la IA. Todas las grandes revoluciones tecnológicas han generado en su momento profundas inquietudes, en particular el temor a una fuerte destrucción de empleo, que prevalecía al inicio de dichas revoluciones, ya que es más fácil ver los oficios que desaparecerán que imaginar los que se crearán. En todos los casos, los nuevos puestos de trabajo acabaron siendo más numerosos. Los temores específicos de cada revolución también estuvieron presentes. A mediados del siglo XIXe había «expertos» que escribían que nuestro cuerpo no resistiría mucho tiempo los 60 kilómetros por hora de las locomotoras. ¿Y qué decir de los debates apasionados, tempestuosos, sobre los peligros de la electricidad a principios del siglo XX? ¿Cuál es el temor específico con respecto a la IA? ¿La concentración del poder en unas pocas manos, el control de nuestras vidas por parte de programas informáticos y robots, la desmotivación para pensar, el fin del trabajo humano?

Lo que podemos hacer nosotros como gestores, a medida que avanza la revolución tecnológica en marcha, es distinguir entre los ganadores y los perdedores de la IA, tanto actuales como futuros, y comprender su impacto en el funcionamiento de la economía para dar el mejor servicio a nuestros clientes. Se trata también, en cierta medida, de animar a las empresas a ejercer una verdadera responsabilidad social en el contexto de los profundos cambios que se están produciendo.

Las empresas, los poderes públicos y los autónomos —cuya cifra quizá se multiplique con la IA— deben ser creativos desde este mismo momento, saber desenterrar prácticas antiguas y hacer renacer universos paralelos, igual que Japón ha sabido hacer coexistir una economía abierta hipercompetitiva y una economía protegida para el sector de la población menos apto para la competencia. A más largo plazo, el aumento de la productividad que se espera de la IA y sus robots llegará en el momento oportuno para hacer frente a la reducción de la población activa y al envejecimiento. Con la ayuda de algunos artificios, la naturaleza hace las cosas bien.

1Amazon, Google, Microsoft, Meta, Oracle.
2«The 2028 Global Intelligence Crisis».
3George Saravelos – Deutsche Bank: Remember Karl Marx.
4Cofundador de Twitter y actual propietario, fundador y consejero delegado (CEO) de Block Inc. El día del anuncio, las acciones de Block Inc. subieron casi un 17% en bolsa.

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