
10 hechos que desafían la intuición de los inversores
Para comprender mejor las rentabilidades a largo plazo, conviene volver a los factores fundamentales que las propician. La rentabilidad de las acciones depende principalmente del crecimiento de los beneficios, mientras que la de los bonos está más condicionada por su rendimiento al vencimiento. Una vez establecido este marco, las estadísticas históricas ofrecen algunas enseñanzas que pueden parecer contrarias a la lógica.
La rentabilidad esperada de las principales clases de activos, sobre la base de hipótesis normativas, puede resumirse de la siguiente manera:
La rentabilidad de las acciones procede principalmente del crecimiento de los beneficios y, en menor medida, de los dividendos repartidos a los accionistas. A largo plazo, los beneficios tienden a evolucionar con el crecimiento nominal de la economía (es decir, el crecimiento real del PIB más la inflación). También puede tenerse en cuenta la evolución de los múltiplos de valoración, pero se trata de un ejercicio sumamente difícil y, a largo plazo, esta variación tiende a neutralizarse, bajo la hipótesis de un retorno a un nivel de valoración estable.
Los bonos, por su parte, tienen una rentabilidad ampliamente determinada por su rentabilidad al vencimiento. Y por lo que respecta al precio, a medida que se aproxima el vencimiento, el precio de un bono tiende a converger hacia la paridad, es decir, hacia su valor de reembolso. La rentabilidad, por su parte, combina tres componentes: el tipo monetario, determinado por el tipo de interés del banco central, que remunera el simple hecho de diferir el consumo; la prima por plazo, que remunera la incertidumbre asociada a la duración de la inversión, especialmente en lo que respecta a la evolución de la inflación; y la prima de crédito, que remunera el riesgo de que el emisor no pueda hacer frente a sus obligaciones.
Sin embargo, en materia de inversión, nuestra intuición puede ser una mala consejera, especialmente a corto plazo. Nos lleva a esperar el «momento adecuado», a confundir volatilidad y riesgo, o a creer que el cash es siempre una inversión prudente. Sin embargo, los datos a largo plazo cuentan una historia muy diferente.
Detrás de estas diez hechos hay una lección que domina sobre las demás: el largo plazo no es una línea recta, pero sigue siendo el mejor terreno de juego para los inversores pacientes. Eso sí, hay que aceptar los desvíos y los baches. Los mercados no prometen un camino cómodo, sino que recompensan a quienes llegan hasta el final.